Cuando ante una confrontación directa uno se sabe prácticamente perdedor y que la derrota es lo más probable, debe tenerse en cuenta que conocer la forma de triunfar no es necesariamente un camino a la victoria (no basta con el “sabemos que hacer para ganar”).
Cuando la confrontación resulta inevitable, uno se defiende cuando sus fuerzas son inadecuadas, y ataca cuando son abundantes.
En este escenario, todo indica que lo que se debe hacer es invertir en ser más fuertes, mejorando nuestras capacidades, y una vez realizado todo lo que depende de nosotros, esperar el momento de la vulnerabilidad del contrario.
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